
Paco Mir es conocido por ser el miembro alopécico de “Tricicle” (uno de los más flaglantes casos de sobrevaloración teatral en este país), hoy reconvertido en autor y productor teatral. La única referencia personal que tengo de su trabajo es la adaptación teatral de “La Cena de los Idiotas” en la cual traiciona el espíritu original de la obra imponiendo un “idiota” final feliz.
Como ya puede suponer a estas alturas el lector más avezado, mi predisposición a ver este “No es tan fácil” era más bien nulo. Pero los amigos, “qu

Nada más empezar la obra y soltar las primeras lindezas ya me di cuenta del percal. Mis amigos fueron más ingénuos y no empezaron a sospechar nada hasta pasados quince minutos, un tiempo más que razonable como para que una supuesta comedia te haga alguna gracia, lo que sea; un chiste, algún virtuosismo de actor... insisto, lo que sea. Pero nada, absolutamente nada. El abismo. Un agujero negro…
¿Las razones?
Primero, el texto. Una vez más un misterio saber qué han visto en este texto tan, tan… “rancio” esa es la palabra exacta. Chistes del tipo “cuando meas parece que estás echando tu firma en el retrete” son más propios de las películas de Esteso y Pajares que de esa comedia elegante y sofisticada que nos querían vender. Juega con todos y cada uno de los tópicos de pareja (en este sentido es absolutamente previsible el desarrollo de la obra) pero de un modo simplón, sin la mordacidad de Edwar Albee o Woody Allen; vamos, ni siquiera con la chispa de los Hermanos Quintero (y pongo a estos últimos como ejemplo para que no se me tache de excesivamente moderna).
Segundo, los intérpretes. No quiero cebarme en

Mejor el elenco femenino. Rosa Rodes es la única capaz de insuflar algo de vida al conjunto, de mostrar desenvoltura en su cometido. Esther Montesinos cumple con solvencia su papel secundario aunque el iluminador le hizo un flaco favor empeñándose en tenerla en penumbras en la única escena en la que su personaje adquiere cierta relevancia. Una iluminación, por cierto, que daba la impresión de estar siendo improvisada sobre la marcha.
Tercero, la dirección. No dudo de la competencia como docente de esta señora, Helia Gavaldá, la cual parece ser que estudió mimo y pantomima en el prestigioso Institut de Teatre de Barcelona. Pero es evidente que como directora le falta un hervor. Su propuesta escénica francamente pobre. El intento de descodificar la barra del bar para darle múltiples funciones raramente resulta convincente, el movimiento de los actores en escena absolutamente plano, sin aprovechar la totalidad del espacio… Como aspecto positivo decir que logra al menos una unidad estilistica en el conjunto, cosa que se ha echado en falta en otros trabajos de este grupo.
En cuanto al trabajo gestual, ¿qué quieren que les diga? se limita a unos pocos juegos previsibles, realizados con suciedad y de dudosa efectividad cómica (como el repetido recurso del barman de servir el coktail directamente en el gaznate de su cliente). Todo esto lo sufría yo en silencio, como las hemorroides, esperando con paciencia que pasaran los minutos y, eso sí, observando divertida como mis bien intencionados acompañantes iban paulatinamente retorciéndose en sus respectivas butacas.
Al final caras de cabreo de mis amigos. Uno de ellos conocía a alguien de los que participaban (no recuerdo a quién) y ¡horror! lo

Y es que ofrecer un montaje trabajado, riguroso, preciso, que busque algo más que la risa fácil, al margen de todos los premios de certámenes amateurs que uno pueda ganar -por muy nacionales que estos sean- , francamente, no es tan fácil…